El día en que conocería Roma. Volaría hacia lo que tanto había esperado y por lo que tanto me había esforzado. Recuerdo aquel día a la perfección; lleno de hasta luegos, lleno de pensamiento, lleno de ganas. Cero nervios, había dormido y comido como cualquier otro día. Ante las grandes ocasiones, la fuerza por aprovecharlas es mayor a todo. Sabía que a partir de ese día mi vida cambiaría por completo.
Ya en el aeropuerto, tuvo lugar un encuentro muy especial, el primero con un romano. Un hombre que trabajaba en Santiago pero tenía a su familia en Roma, a la que iba a visitar.
En la cola para embarcar, me vino a preguntar algo acerca del DNI. Noté su acento y le pregunté de dónde era. Al responderme, el pobre hombre comenzó a enfrentarse al que seguramente fue el mayor interrogatorio de su vida. Por suerte, él también parecía interesado en mi historia, lo que nos envolvió en un diálogo que amenizó la espera. Durante aquellos instantes que compartimos, la ilusón no se borró ni un segundo de mi rostro. Él no tenía ni idea de lo que ese momento suponía pero, para mí, era muy especial. Pensaba: ''en verdad estoy camino a Roma!''.
Una vez en Fiumicino, empezó ya desde el minuto uno esa continua superación de obstáculos que Roma te pone y que tanto me ha hecho crecer. Acompañaron la situación un montón de primeros encuentros. La primera chica romana, mi primera conversación larga en italiano, la primera vez que escuché una bronca de una mujer romana (qué belleza!)...
Me fui de allí sin mi maleta, sin saber si la recuperaría y con un retraso importante. Pero... aquél viaje en taxi! ¿Puede haber algo más mágico? Gente de Roma... otro primer encuentro, ese taxista fue el primer romanista que conocí. Hablamos de la ciudad y del equipo y me aconsejaba sobre la vida en la Capitale mientras pasábamos entre las maravillas de la noche romana que él me iba explicando y mostrando. Mi primera visión de Roma. Deseaba pararme en el tiempo durante ese trayecto. La imagen de Santa Maria Maggiore con su belleza nocturna y con mis ojos de aquella primera vez.
Recuerdo perfecamente que me decía ''todo ha merecido la pena. Incluso, si todo se redujese a este viaje en taxi, habría merecido la pena''.
Y, entonces, llegué al que a partir de ese momento, sería mi hogar. El chico que bajó de ese taxi... no podía ni imaginarse todo lo que Roma le daría.
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domingo, 12 de junio de 2016
viernes, 5 de julio de 2013
Pasito a pasito
Queridos lectores
Nos vamos haciendo a la vida romana, ya instalados en un ático cerca de
la Via Appia las cosas se ven desde otra perspectiva. Nuestra zona es bastante
tranquila, pero la lejanía con el trabajo y el no querer coger el metro o el
bus por no gastar (recordad que somos estudiantes erasmus) hacen que nuestros
pies se resientan, ayer especialmente. Decidimos pasarnos por el supermercado
para llenarnos la nevera.
Compramos cosas imprescindibles y a buen precio, pero al comprarlas
cerca de Santa Maria Maggiore y no disponer de carro, de estos que llevan las
abuelas, llegar al piso ha sido un suplicio. También nos hemos dado cuenta que
el fiambre es un poco caro y escaso, por poner un ejemplo y sin ánimo de
ofender, un paquete con cinco o seis lonchas de jamón cocido costaba unos tres
euros. ¡Y no hay jamón serrano! Otra cosa que tampoco se puede tocar es el
aceite de oliva, y el típico aceite de girasol que se encuentra en España para
cocinar se ve que aquí no lo conocen. Menos mal que no hace falta comprar agua,
casi en cada esquina hay unas fuentes que dan un agua muy fresca y muy buena,
así que ya sabéis: si venís a Roma sólo os hace falta comprar una botella y
llenarla continuamente en estas fuentes, no hay peligro de que se os
descomponga el estómago.
Pero dejando a un lado todo lo referente a nuestra odisea (“... ¡Terror
en el hipermercado! ¡Horror en el ultramarinos!...”), tenemos que decir que ya
hemos visto bastantes cosas por aquí. Os alegrará saber que ya estamos
preparando posibles itinerarios y tomando muchas fotografías. Y os podemos
asegurar que ver fotografías de los edificios y de los monumentos no puede
compararse a verlos por uno mismo. Comentaba con Melania el otro día que los
edificios son grandísimos, pero no sólo los palacios o las basílicas, los
edificios de viviendas particulares también son así, o al menos por donde nos
hemos movido. En cada esquina te encuentras bien con una iglesia bien con una
hornacina con el santo de turno o la Virgen. Aunque algunos están muy bien conservados,
como el que se encuentra en la plaza de la Fontana di Trevi, frente a Santi
Vincenzo e Anastasio, otros muchos están con el cristal ya opaco. Y es que en
Roma hay demasiado tráfico y muy pocas zonas peatonales. El humo que expulsan
los motores se adhiere a las fachadas de mármol blanco, a las paredes de
estuco, al cristal de estos altares en plena vía, y en general a todo lo que
esté por un tiempo inmóvil. Y es que si mi abuela viniese para acá me la vería
con la fregona y la vaporeta dispuesta a dejarlo todo como los chorros del
oro...
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