lunes, 9 de enero de 2017

Volver a Roma

Yo no acabo de llegar a Roma, acabo de volver. Mis ojos no descubren este lugar con la ilusión que acompaña cada primera vez, sino vuelven a mirar lo que ha sido, por muchos de los últimos años, el panorama de la vida diaria.

Y el regreso es siempre un momento raro en la vida. Encuentras otra vez el mundo que has dejado, vuelves a tu planeta y te das cuenta de verdad que es lo que extrañaba más, sin tenerlo claro y también lo que te hubiera gustado no volver a encontrar otra vez.

Esto cambia necesariamente la perspectiva de mi mirada y de mis palabras.

A pesar de esto, cada vez que paso, por ejemplo, ante el Coliseo, aunque sea llegando tarde a una cita con los amigos o de vuelta de un día pesado y difícil, nunca me olvido de levantar la mirada, nunca dejo que la belleza se me pase al lado sin que me dé cuenta. Roma no te lo permite, es prepotente y vanidosa, no puedes pasar de ella sin más, poniéndola detrás de la costrumbre. Nunca.

Coliseo Roma, interior


El autobús que me trae, otra vez, por los Foros Imperiales (que, como siempre, he maldecido hasta el minuto antes, por tardar tanto en llegar a la parada) con toda su carga de variada humanidad, con su proceder sobre los sampietrini sonando como si se fuera a abrir en dos de un momento al otro, me conduce a casa pasando por un recorrido dentro de la historia del mundo. Y este aspecto consigue siempre compensar sus defectos y que, a pesar de todo, siempre haya una razón para volver. Para esto no hace falta tirar la monedita en la fuente. No será la monedita que has tirado a la fuente a volverte a traer por aquí, sino lo que recuerdan tus ojos.

Porque Roma es esto, un caos rodeado de maravilla.

Y de las contradicciones siempre ha nacido algo especial.

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